El juicio a tres médicos belgas cuestiona los supuestos «límites estrictos» de su ley de eutanasia

Allí donde se legaliza la eutanasia, todos los límites establecidos por la ley acaban saltándose, con una repercusión ante los tribunales prácticamente nula que garantiza la impunidad y va ampliando esos límites cada vez más. Recientemente fue absuelta una doctora holandesa, en el primer caso que se veía en juicio desde la aprobación de la ley en 2002, con una eutanasia que se aplicó a la paciente sujetándola porque no quería morir. Y ahora se está juzgando en Bélgica a tres médicos por matar a una joven fuera de las circunstancias legales. Algo insólito en un país donde la cifra de muertes anuales por eutanasia se acerca ya a 2500, y donde se ha informado de numerosos caso clamorosamente fuera de la norma, la cual en cualquier caso ha ido ampliándose sin freno.

El caso ha sido analizado por Wesley J. Smith, abogado y miembro del Discovery Institute’s Center on Human Exceptionalism (un think tank conservador estadounidense), en First Things:

Los médicos de la muerte de Bélgica

Maravilla de las maravillas: en Bélgica, tres médicos acusados de eutanasia ilegal han sido llevados a juicio. Después de que Tine Nys, de 38 años de edad, recibiera la inyección letal, miembros de su familias denunciaron a los médicos, uno de ellos psiquiatra, ante las autoridades. Afirman que la inyección letal administrada a Tine violaba las directrices establecidas por la ley belga sobre la eutanasia, y que los médicos, supuestamente, deben respetar.

Sus acusaciones son inquietantes. A Nys le habían diagnosticado autismo unos meses antes de su muerte. Cuando era más joven sufría de trastorno depresivo e intentó suicidarse. Pero los miembros de su familia han informado de que durante años no necesitó tratamiento, y que el motivo por el que deseaba morir era el final de una relación sentimental. Los cuerpos de seguridad están de acuerdo en que Nys no sufría un trastorno «serio e incurable», que es lo que se exige para que un paciente sea legalmente idóneo para la eutanasia.

Según los medios de comunicación, este caso demuestra que Bélgica es seria cuando se trata de mantener los límites estrictos de la eutanasia. Pero «estrictos» y «límites» es un oxímoron conceptual cuando se trata de los médicos belgas matando a sus pacientes. Debería ser  motivo de alarma que este sea uno de los pocos casos que se llevan a juicio para responsabilizar a los médicos, cuando hay tantos otros, igual de atroces, que han sido obviados por las autoridades, que no han tomado ningún tipo de medida criminal o administrativa.

La eutanasia se legalizó en Bélgica en 2002, entre las habituales y despreocupadas garantías de que unos límites sólidos prevendrían del abuso. Promesas que han demostrado ser falsas. Desde que la ley entró en vigor, los médicos no sólo han acabado con la vida de pacientes físicamente enfermos, sino también con la vida de personas con discapacidad, de ancianos sin esperanza y de enfermos mentales. Se ha practicado la eutanasia incluso a niños de nueve años. Los cuerpos de los enfermos mentales y de las personas con discapacidad física progresiva han sido utilizados para recolectar órganos. Muchos de los que han sido asesinados podrían haber vivido años si no hubieran recibido la eutanasia. Se han denunciado casos de abuso a los medios de comunicación y a las autoridades belgas responsables de vigilar sobre los casos de eutanasia, pero ninguno ha sido llevado a juicio.

Algunos ejemplos

Los casos indicados a continuación son sólo algunos ejemplos.

· Se han denunciado varios casos de matrimonios de ancianos a los que se les ha aplicado la eutanasia al mismo tiempo. El primero se remonta a 2011: ninguno de los dos cónyuges tenía una discapacidad seria, y su eutanasia conjunta fue llevada a cabo con el conocimiento pleno y la aparente aprobación de su comunidad. Incluso arreglaron todo con la funeraria local antes de recibir la inyección letal.

· Un caso en especial sobresale por su crueldad. Una pareja sana «temía por el futuro». Recibieron la eutanasia juntos, apoyados por sus hijos. Fue su hijo el que les proporcionó el médico de la muerte, y el que contó al Daily Mail que la muerte de sus padres era «la mejor solución» dado que ocuparse de ellos de una manera adecuada hubiera sido «imposible». Las sociedades decentes consideran que el suicidio conjunto de parejas de ancianos es una tragedia. En Bélgica, aparentemente, se considera que es una solución legítima a los problemas asociados con la atención a la vejez.

· «Ann G.» era una paciente anoréxica suicida que había acusado públicamente a su psiquiatra anterior de persuadirla a tener relaciones sexuales con él. Cuando el psiquiatra, que admitió las acusaciones, no fue inculpado, Ann se sintió tan abatida que fue a otro psiquiatra para conseguir la eutanasia. La amarga ironía es que, después de su muerte, el primer psiquiatra fue sancionado profesionalmente por abusar de ella.

· Imagínese usted que un día está yendo a su trabajo, empezando la jornada habitual. Suena el teléfono. Lo coge y la voz al otro lado le informa que trabaja en la morgue del hospital y que tienen el cuerpo de su madre. «¡¿Qué quiere usted decir con el cuerpo de mi madre?!», exclama usted. «Hoy ha recibido la eutanasia», responde la voz. «¿Qué tenemos que hacer con su cuerpo?». Esto le ocurrió en 2012 al químico belga Tom Mortier. Describió el trauma emocional que sintió en ese momento en una conferencia contra la eutanasia a la que participó en 2014. Su madre, Godelieva De Troyer, había luchado la mayor parte de su vida contra una depresión crónica, que en Bélgica se considera base legal para pedir la eutanasia. Pero he aquí la sorpresa: no fue su psiquiatra quien la mató, dado que, según establece la ley, es el que podría haber determinado que el suyo era un caso incurable. No; la mató el Dr. William Distelmans, un oncólogo conocido por su deseo de administrar la eutanasia a personas que no han sido previamente pacientes suyos.

· Distelmans también le administró la eutanasia a un hombre transgénero que estaba destrozado por una chapucera operación de cambio de sexo. Este es un pasaje de la historia publicada en el Daily Mail: «Un transexual belga ha elegido morir por eutanasia después de que una chapucera operación de cambio de sexo, con la que quería completar su transformación en hombre, le dejara como un ‘monstruo’. Nathan Verhelst, de 44 años, murió ayer por la tarde después de que se le permitiera acabar con su vida sobre la base de ‘sufrimiento psicológico insoportable’…. En las horas previas a su muerte, dijo a Het Laatse Nieuws de Bélgica: ‘Estaba preparado para celebrar mi nuevo nacimiento. Pero cuando me miré en el espejo, lo que vi me dio repugnancia'». ¿Le proporcionó un profesional de la salud mental tratamiento a Verhelst para superar su estado? ¿Recibió ayuda para su sufrimiento y desesperación? No. Le mató un especialista en cáncer.

Unas directrices fluidas y maleables

Los casos que he querido subrayar aquí -hay muchos otros- ilustran la naturaleza fluida de las «directrices estrictas» en Bélgica. Los casos de estas personas, que en absoluto estaban cercanas a la muerte, fueron denunciados, por lo que no se puede decir que las autoridades no sabían. Sin embargo, ninguno de sus asesinos ha sido acusado y llevado a juicio por lo penal, como sucede ahora con el caso de Nys.

Una condena en este caso podría desafiar el avance de la expansión de la eutanasia en Bélgica. Parece un caso claro, aunque esto no significa mucho en la cultura de la muerte. Sería una agradable sorpresa si hubiera una condena.

La acusaciones recientes presentadas contra una doctora que practica la eutanasia en Holanda, donde también es legal la muerte administrada por un médico, demuestra por qué soy tan cínico. Una paciente con demencia, cuando aún estaba en plena posesión de sus facultades, le pidió a su doctora que le administrara la eutanasia en el momento en que estuviera incapacitada. Pero también dejó instrucciones para que se le administrara sólo cuando ella lo dijera. Lo que pasó es que, sin su consentimiento, su familia y la doctora decidieron que había llegado su hora. La doctora puso un somnífero en el café de la mujer y, cuando esta ya estaba dormida, empezó el procedimiento para ponerle la inyección letal. Pero la paciente se despertó repentinamente y luchó para no ser asesinada. En lugar de detener el procedimiento, la doctora ordenó a la familia que sujetara a la mujer mientras completaba el homicidio.

Este parecería un caso claro de eutanasia no voluntaria, lo que según la ley holandesa constituye un asesinato. Pero el tribunal no sólo exoneró a la doctora, sino que también la alabó por actuar en el «mejor interés» de su paciente. En otras palabras, el juez dictaminó que la paciente que luchaba por su vida ya no tenía la capacidad mental para decidir que quería vivir.

La actitud colectiva de una sociedad sobre el significado y la importancia de la vida humana se distorsiona cuando se legaliza la eutanasia. Pronto, acabar con el sufrimiento se convierte en algo más importante que proteger la vida de las personas vulnerables, haciendo que sea cada vez más difícil limitar la eutanasia y el suicidio asistido a los casos más extremos, esos para los que falsamente se promete que se reservarán ambos procedimientos.

Los pocos casos de abuso claro que llegan a juicio, la mayoría de los cuales sin éxito, aceleran este proceso. No hay nada como encomiar con una suave condena para dar a las personas con tendencias suicidas el permiso moral para que acaben con sus vidas, a la vez que se garantiza que los médicos de la muerte crean que tienen la aprobación legal para tomar en consideración los deseos más oscuros de las personas más desesperadas de la sociedad.

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