«Abre mamá, me quiero ir»: la madre de la mujer que pide la eutanasia en Galicia impide que se la lleven para practicársela

ABC presencia el momento en el que Carmen Alfonso no abre la puerta a los sanitarios que acudían a su domicilio para llevar a su hija al centro hospitalario, donde tenían previsto ejecutar el procedimiento. Belén, enferma de esclerosis, admite que la muerte no le da miedo -«lo que me da miedo es el dolor»-, y ruega a su madre que la deje marchar.

Fuente: ABC.es

Suena el timbre en casa de Carmen Alfonso. El sonido llega a través de la puerta de cristal ahumado que separa el diminuto recibidor del pequeño saloncito donde ella espera, sentada en una silla de madera, y su hija Belén, en la suya de ruedas.

– No voy a abrir Belén, lo siento.

– Abre mamá, abre mamá. Me quiero ir.

Al otro lado de la puerta están los sanitarios del Servicio Gallego de Salud (Sergas). Han sido puntuales, llegando unos minutos después de las cinco de la tarde. Su cometido es recoger a Belén E. A., de 54 años, y conducirla al Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela, donde se le practicará la eutanasia que ella misma solicitó meses atrás. Está enferma de esclerosis, en un estado ya avanzado.

El timbre vuelve a sonar. Ahora con más insistencia.

– Mamá, abre, por favor.

La enfermedad ha robado vigor a la voz de Belén. Es muy improbable que en el rellano puedan escuchar su súplica. Apenas es un susurro.

– Cierra la boca, yo hoy no puedo abrir. No puedo estar sola. Por egoísmo te quiero aquí, si me quieres algo… No puedo dejar que te lleven.

– Abre la puerta, mamá, esto es de locos mamá. Va a pasar, si no es hoy será otro día, pero va a pasar dentro de un tiempo.

El tercer timbrazo es el último, pero también el más intenso.

– Te lo pido de rodillas Belén.

– Solo estás alargando esto.

– ¿Te alargo la vida?

– Alargas mi sufrimiento. (Silencio) Muchas gracias, eres muy buena persona.

– Va a pasar un tiempo, y ya lo tendré más claro.

– Yo hace años que lo tengo.

[La eutanasia] Será cuando venga tu hermana. Yo no puedo hacer esto sola. ¿Qué hago mañana cuando vea tu habitación vacía?

El timbre no volverá a sonar. ABC es testigo del sobrecogedor diálogo entre madre e hija. Acaba con un tenso silencio, como el que queda en la estación cuando pasa el tren y el viajero que llega tarde lo ve alejarse. Tendrá que esperar al próximo. Por las mejillas de Belén se escapan algunas lágrimas. De tristeza, de pena, de impotencia, de amargura. «Yo me quiero ir».

La claridad de ideas de la hija se sobrepone a la dificultad que la enfermedad ha impuesto a su articulación de las palabras. Habla con pausa, pero se hace entender. No ha sido este jueves, pero será pronto. Tiene decidido poner fin a su vida de acuerdo a la ley de eutanasia, dispone de todos los informes médicos favorables y, sobre todo, no le tiene miedo a la muerte. «Se lo tengo al dolor», confiesa.

Belén tiene 54 años. Padece esclerosis desde los 20, cuando se lo diagnosticaron tras perder la visión de un ojo. La enfermedad derivó en problemas en una pierna que dificultaban su caminar, pero quiso luchar y ejercer de profesora de inglés en institutos de Madrid, Castilla – La Mancha y, por último, Lugo. En 2015 no pudo más y se jubiló anticipadamente. Dedicó entonces tres horas diarias a rehabilitación para mantener la autonomía funcional que le permitía pasear. En 2020 se infectó de Covid en un hospital, a pesar de llevar la correspondiente mascarilla. Estuvo seis días ingresada. Cuando salió, había perdido fuerza en sus piernas. El coronavirus la encadenó a perpetuidad a la silla de ruedas.

Le aterra asomarse al pozo del dolor. «Tuve cuatro episodios muy leves, pero me da pánico pensar que eso puede volver. Siempre hay algo que me recuerda que eso puede volver cuando le dé la gana, que esto no avisa». Es el dolor del suicida, la neuralgia del trigémino, una combinación nerviosa que empuja a pensar en acabar con todo. «He llevado una vida genial, he sido muy feliz haciendo lo que más me gustaba, con unos compañeros geniales, pero esto ya no es vivir, sino sobrevivir».

Su madre, por el contrario, no la ve mal. «¿Estoy bien, mamá? Y una mierda».

Dolor de madre

Carmen se resiste a dejar ir a su hija. El martes, cuando se presentaron en su casa los sanitarios del Sergas para anunciarles que este jueves volverían para llevar a su hija en su último viaje al hospital se le vino el mundo encima. «No pueden avisarme con 48 horas de que se la llevan», repite una y otra vez. Además, los informes médicos se basan en situaciones que su hija no sufre, porque «ni está encamada, ni sufre dolor, ni le cuesta beber o comer».

«Una autorización para la eutanasia no puede basarse en mentiras», expresa esta mujer menuda de 79 años, pero que se intuye dura como el roble gallego. Con esta convicción recurrió a la asociación de Abogados Cristianos, que a primera hora de este jueves presentaron ante los juzgados de Santiago de Compostela un escrito solicitando medidas cautelarísimas para frenar el proceso de eutanasia. Los jueces no habían dado respuesta cuando timbró la puerta de Carmen. Si hubiera abierto, habría dado igual la aceptación de las medidas. Sería tarde para Belén.

«¿Y si mañana aparece un medicamento estupendo para la esclerosis?», le pregunta Carmen a su hija en presencia del periodista. «La espera no me merece la pena», contesta con un punto de cansancio, «y para mí, marcharme es una urgencia». Su hermana Ana también está en contra de la eutanasia. Ella reside con su familia en Andalucía y no puede estar ahora en Santiago de Compostela. «Mi hermana me gritó, y a mí nadie me grita». Está postrada en una silla, pero hace un gesto de afirmación cuando se le reconoce poseer un señor carácter. «Mi madre también es cabezona».

Carmen se aferra una y otra vez a que su hija reconozca sus cuidados, su preocupación, sus atenciones. Le afea que le tenga miedo a un dolor «que hace mucho tiempo que no tienes». «No tienes ni idea de lo que es criar a un hijo», reprocha entre sollozos. La madre no quiere perder a su vástago.

Es una colisión de amores: el de Carmen por su hija; y el de ésta por una vida digna que ya no va a volver a tener. «Querría ser creyente» para abrazarse a una existencia más allá del plano terrenal, pero ni siquiera tiene ese consuelo. Es consciente de que la eutanasia es su punto final, el fundido a negro. «Yo no tengo dudas. A mí la vida me gusta, pero esta no. Llevo mucho tiempo dándole vueltas, pero estoy muy cansada. Estoy muy harta de estar harta».

Eutanasia sí, pero hoy no

La madre no quiere parecer insensible a la situación de su hija. Está a favor de que pueda acogerse a la ley de eutanasia, pero no cree que haya llegado ese momento. Todavía no. Quizás más adelante. ¿Cuándo? No lo sabe con certeza, quizá cuando aparezca el dolor, cuando ella tampoco pueda darle las atenciones que su hija necesita.

Pero no hoy, ni mañana. Es de las pocas cosas que tiene claras. Y mucho menos «con un informe lleno de mentiras». «Esto me pasa por no ser una fisgona» cuando el médico de cabecera habló con su hija de la posibilidad de acogerse a la eutanasia. «Ese médico es un asesino», explota Carmen. «El médico hizo lo que yo le mandé, es un buen tío», replica su hija, a la que le da igual si el informe exagera en esto o en aquello. «Yo quiero irme».

Hoy la puerta del piso de Carmen no se ha abierto. Lo hará, no obstante, porque la Consellería de Sanidad de la Xunta ha informado que «en el caso de existir alguna obstrucción a seguir con el procedimiento deseado y al que [Belén] tiene derecho, se comunicará al juzgado para que prosiga la actuación».

El siguiente timbrazo será, previsiblemente, con una orden judicial. Mientras tanto, madre e hija seguirán compartiendo este pequeño dúplex del Ensanche compostelano, en una convivencia difícil entre quien quiere irse y no puede, y quien no quiere perder lo único que le separa de la triste soledad.

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